Capítulo II
EL ORDEN DE LOS FACTORES
Al escribir estas líneas he tenido que tomar una decisión aparentemente sencilla, pero que implica más de lo que se ve a simple vista: ¿el título de este cuaderno debía ser “Muerte y santidad de Andrés Coindre” o “Santidad y muerte de Andrés Coindre”? El simple cambio de orden entre las palabras “santidad” y “muerte” tiene algunas implicaciones importantes.
En el primer caso, “muerte y santidad”, la santidad se concibe como un “estado” de la persona que sigue a su fallecimiento y el cual la Iglesia reconoce públicamente tras un arduo estudio: la última decisión está en manos del Sumo Pontífice. Este reconocimiento puede ser vivido como una meta anhelada por los hijos espirituales del futuro santo, un objetivo a alcanzar con esfuerzo atravesando una serie de etapas:
Pero, si invertimos los factores y pensamos en “santidad y muerte”, la santidad ya no es algo que viene después de la muerte, un reconocimiento que está en manos de otros. Por el contrario, es algo que sucede en esta vida y comienza antes de la muerte, aunque será vivida plenamente en la eternidad; es el modo de vida de aquellos que se han entregado por completo al Señor y han puesto sus energías al servicio del Evangelio.
Este es el sentido con el que, por ejemplo, San Pablo llama santos a los miembros de las primeras comunidades cristianas: “Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, saluda a los santos que creen en Cristo Jesús… y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (Ef 1, 1.4).
Es en este sentido también que el Concilio Vaticano II establece que todos los cristianos estamos llamados a la santidad; aunque, lógicamente, no todos lleguemos a ser “elevados a los altares”: “Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena” (Lumen Gentium 40).
Por tanto, aunque no sé si un día la Iglesia beatificará y canonizará a nuestro fundador, me atrevo a decir que Andrés Coindre vivió la santidad, entregado a Cristo hasta tal punto que los primeros hermanos expresaron tras su muerte: “Reunidos un día, lo veremos triunfante, precediéndonos, cantando las alabanzas de Aquél que fue el único objeto de sus deseos, sus trabajos y sus preocupaciones (…) Nos lo arrebató el exceso de una tarea toda ella empleada en defensa de nuestra santa religión” (segundo capítulo general de los Hermanos del Sagrado Corazón, 14 de junio de 1826).
Claro que nos gustaría que la Iglesia reconociera esa santidad y un día pudiéramos tener la imagen de Andrés en los altares de nuestras capillas, pero no es eso lo que nos desvela. Lo que nos quema por dentro es el fuego de santidad que él vivió y contagió a sus colaboradores: laicos, laicas, religiosos, religiosas, sacerdotes… Ese mismo fuego es el que nos mueve hoy y le da sentido a nuestra vida y misión, porque junto con Andrés nos unimos a las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49).